Una aproximación a las reacciones psicológicas en la migración

Anneliza Tobar Estrada

Se ven grados importantes de depresión que se manifiestan en diferentes ámbitos, no solo de encerrarse y no hacer nada, porque saben que tienen que trabajar y pagar la deuda, iniciarse en el consumo de sustancias o buscar otras estrategias como para desahogar todo lo que no conversan sobre el abuso sufrido. Mucha presión emocional, presión familiar, presión de la red que lo recibe allá. (Activista acompañante de casos de niñez migrante)

Migrar en situaciones extremas

Que la migración genera un “quiebre vital” (Bar de Jones, 2001) en la vida de las personas esun hecho del que no hay duda. Optar por ella supone una decisión trascendental para la persona y la familia y su materialización conlleva una serie de riesgos, esfuerzos físicos y condicionamientos materiales que serían cualquier cosa menos inocuos en la vida de las personas. Es decir, el acto de migrar más que un simple desplazamiento humano supone un proceso vital que encierra desde  angustias hasta esperanzas, un tránsito de personas que conlleva una carga de ilusiones personales y colectivas.

La decisión de partir más que responder a meros deseos de aventura supone una acción que busca la satisfacción de necesidades apremiantes para las familias y, aunque la esperanza se constituye en un acicate en esta empresa, las maneras en que se realiza la migración –irregular, clandestina e indocumentada– configuran escenarios provocadores de una serie de reacciones psicológicas y emocionales que superan la esperanza primera. Al respecto, el epígrafe con la que inician estas líneas fue seleccionado por considerar que alude algunos de los principales indicadores que podrían dar cuenta de la posible emocionalidad y subjetividad de la persona en los diferentes momentos del proceso migratorio. En este sentido, se hace mención a la existencia de incertidumbres, temores, angustias, depresión y ansiedad.

Las categorías de síntomas, trastornos, riesgos, parecieran ser de mención común cuando se reflexiona sobre la relación entre salud mental y migración, pudiendo darse por hecho que los procesos de movilidad se constituyen en factores detonantes de una gama de reacciones negativas en los sujetos. Esta suposición merecería ser acotada, señalando que la forma en que se realiza la migración de centroamericanos hacia México y Estados Unidos presentaría una serie de dinámicas y factores contextuales y relacionales que se constituyen fácilmente en elementos generadores de estrés y trauma (dplf, 2008; Amnistía Internacional, 2010; cndh, 2011). Así, el aparecimiento de tales reacciones psicoafectivas deben comprenderse en el contexto de precariedad y riesgos que colocan a la persona migrante en posiciones de franca vulnerabilidad.

Migrar en la primera década del siglo xxi no es lo mismo que hacerlo unos años atrás. Achotegui menciona que son completamente disímiles las circunstancias en las que se migraba hace algunas décadas y las maneras en que se migra contemporáneamente, enfatizando que “migrar se está convirtiendo hoy para millones de personas en un proceso que posee unos niveles de estrés tan intensos, que llegan a superar la capacidad de adaptación de los seres humanos” (2004: p.39). En este sentido, el psiquiatra apela a usar el concepto de migrar en situación extrema, el cual supondría la exposición permanente del migrante a diversos estresores que se presentan de manera intensa y frecuente.

Según el informe especial “Secuestros de personas migrantes centroamericanas en tránsito por México”, el fenómeno de la migración en México y en la región de Centroamérica se ha vuelto cada vez más complejo en términos de la composición, rutas y destinos de los flujos migratorios, así como de los retos que las personas migrantes deben afrontar a lo largo de su tránsito y estancia en una región de la cual no son originarios (cndh, 2011: p.32).

Al respecto, diversos informes han sugerido que en México se ha configurado una “epidemia oculta de secuestros” (Amnistía Internacional, 2010). A estos patrones de violencia ejecutados durante el tránsito por actores muy particulares que incluyen pandillas, crimen organizado, la policía y el ejército, autoridades municipales e incluso los llamados “coyotes”, u otros migrantes (dplf, 2008; Amnistía Internacional, 2010; cndh, 2011) se sumarían los abusos cometidos por autoridades migratorias y que incluirían “discriminación, falta de investigación, procesos dilatorios, expulsión de migrantes correctamente documentados, negación de acceso a autoridades consulares, detenciones arbitrarias” (dplf, 2008: p.7).

En territorio estadounidense y como parte del incremento de los índices de detención de migrantes luego de la aprobación del Acta de Reforma Migratoria y de responsabilidad del migrante (1996), la puesta en marcha de los planes de seguridad nacional luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y la ampliación de los poderes de detención impulsados por la aprobación de la Ley Patriota en Estados Unidos (Human Rights Watch, 2009: p.12), los migrantes se verían expuestos a persecución en vías de su deportación y abusos en los procesos de detención y repatriación. Así, los factores con potencial de daño psicológico para el migrante se presentarían tanto en los procesos de viaje, como en la detención y el retorno forzoso. Muchas de las respuestas psicológicas, afectivas y conductuales generadas por los sujetos en cada una de estas etapas del proceso migratorio, han sido calificadas desde diversas reflexiones como daños a la salud mental y a ellas prestaremos atención en estas líneas.

 

La patologización de la psicoafectividad del migrante

Diversa bibliografía que intentaría reflexionar sobre la relación entre salud mental y migración presenta temas básicos y recurrentes, relacionados con consecuencias e implicaciones de los procesos migratorios en la cognición, afectividad y conducta de aquellos que migran. A saber: la somatización o respuestas fisiológicas ante diversas experiencias de estrés, procesos de duelo y ansiedad, respuestas y transformaciones familiares luego de la migración, implicaciones psicosociales en las comunidades expulsoras, entre otros. Por ejemplo, para el caso mexicano, Vilar y Eibenschtuz en un breve estado del arte identifican varias investigaciones que en el campo de la migración abordan la temática de la salud mental de los migrantes mexicanos, incluyéndose en estas reflexiones diversas los temas del consumo de drogas, la relación de la migración y la ruralización de la epidemia de vih, la epidemiología del suicidio y su entrelazamiento con el fenómeno migratorio, disfuncionalidad familiar en comunidades migrantes, entre otros (2007: p. -25-29). Por su parte y siempre en la observación de los impactos en la salud mental que tiene la migración de los mexicanos a Estados Unidos, Rivera, Obregón y Cervantes identificaron al menos 16 estudios entre los años 1990 al 2008 que han versado sobre tal objeto, prestando atención a los temas de las respuestas fisiológicas ligadas al estrés, trastornos por uso de sustancias, conducta suicida, factores protectores, nuevas configuraciones familiares, entre otros (2009: p.3).

El foco de análisis sobre los temas de trastornos y enfermedades en el contexto de la migración denotaría una patologización del estado físico y psicológico de la persona migrante o su familia, pudiendo arribarse a la conclusión de que la migración provocaría ineludiblemente daños en la salud mental de la persona. Detengámonos un momento para reflexionar sobre este último concepto.

 

El contexto poco favorecedor y el énfasis en el daño de la salud mental

La salud mental ha sido asociada tradicionalmente a nociones como el equilibrio, el bienestar y la capacidad de adaptación. Superando la limitación que imponía la consideración de la misma como la ausencia de enfermedad mental, formulaciones de la Organización Mundial de la Salud –oms–, en los últimos años acotan la salud mental como un “estado de bienestar en el cual el individuo realiza sus propias habilidades, puede trabajar productiva y satisfactoriamente y es capaz de contribuir a su comunidad (Vilar y Eibenschutz, 2007: p. 12). Por otra parte, desde la psicología social algunos postulados critican el énfasis otorgado a la esfera individual como sustrato donde se configura la salud mental –específicamente en las capacidades de adaptación del sujeto– y recalcan la importancia de considerar las condiciones societales –relacionales, culturales y políticoeconómicas–que favorecen o afectan la salud mental de las personas. La crítica formulada desde las tesis sociales sostiene que al apelar a las aptitudes de adaptación, las nociones tradicionales sobre la salud mental anclan las posibilidades o no de la misma a una capacidad netamente individual. Martín-Baró lo explica claramente en estos términos: “… en el fondo de este bien intencionado escrúpulo, late una concepción muy pobre de la salud mental, entendida primero como la ausencia de trastornos psíquicos y después como un buen funcionamiento del organismo humano. Desde esta perspectiva, la salud mental constituiría una característica individual atribuible en principio a aquellas personas que no muestren alteraciones significativas de su pensar, sentir o actuar en los procesos de adaptarse a su medio” (2000: p. 24). La suma de ambas propuestas lleva a considerar la salud mental como un estado de bienestar que si bien se encarna en la persona, es configurado por factores externos, contextuales.

A partir de esto, nos preguntamos si es posible hablar de existencia de salud mental en la migración, partiendo del hecho que en muchos casos el fenómeno representa un proceso cuasi forzoso por las condiciones de pobreza/exclusión imperantes en las comunidades de origen. Nos preguntamos además si los migrantes podrían experimentar ese estado de bienestar a partir del cual pudieran desarrollarse como personas, en el marco de relaciones sociales humanizantes. Pudiera correrse el riesgo de responder impulsivamente y manifestar que en definitiva la migración constituye un fenómeno con potencial de daño, hecho que llevaría asimismo a concluir que los migrantes no podrían eludir el aparecimiento de afectaciones psicológicas de diverso tipo.

Miradas ancladas en enfoques de la psicología clínica y la psiquiatría han intentado explicar los efectos dañinos de la migración en la dimensión individual. Al respecto Achotegui acuñó el término Síndrome de Ulises para describir la manifestación de un cuadro de estrés crónico particular en las personas migrantes. Tal síndrome, que supondría un deterioro de la salud mental incluiría el padecimiento de determinados duelos por la exposición a variados estresores (Achotegui, 2004: p.39). Achotegui señala el proceso migratorio como un proceso de pérdida con un duelo inherente, o más bien, siete duelos distintos, según su decir: duelo ante la pérdida de la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los rasgos físicos (Achotegui, 2009: p.167). Sin embargo, más allá de estos duelos de carácter normal o esperado en el proceso migratorio, existirían otras sintomatologías de carácter más agudo y crónico relacionados con procesos de exposición a estrés y a situaciones límite, constituyéndose el duelo, en un duelo in extremis: Este incremento exponencial del duelo derivaría de la existencia de múltiples estresores externos al sujeto: “la lucha por la supervivencia, donde alimentarse, donde encontrar un techo para dormir, el miedo, el terror que viven en los viajes migratorios, las amenazas de las mafias, de la detención y la expulsión o la indefensión por carecer de derechos” (2009: p.167). Sin lugar a dudas la identificación de un conjunto de signos y síntomas –un Síndrome– de habitual manifestación en personas migrantes constituye un avance en los intentos de intervención individual y de provisión de servicios de salud. No obstante y, respetando las ideas que desde el campo clínico puedan derivarse al respecto, un análisis exclusivamente psiquiátrico corre el riesgo de patologizar toda reacción constituyéndose ésta en síntoma, soslayándose el necesario análisis psicosocial y micro sociológico del fenómeno.

Desde una perspectiva psicosocial no nos atreveríamos a responder de manera absoluta y a respaldar incondicionalmente los supuestos “la migración provoca daño”, “los migrantes manifiestan afectaciones psicológicas”, porque consideramos pertinente matizar las explicaciones de tal cuenta que se lleguen a diferenciar los hechos sustantivos en el psiquismo del migrante y que hemos logrado identificar desde la evidencia empírica: la existencia de reacciones psicológicas de manifestación común y la presencia de daños de tipo más severo a la salud mental.

Un análisis exclusivamente clínico como en el que se basa la propuesta del Síndrome de Ulises explicaría los cuadros clínicos extremos que pudieran precisar una intervención clínica, psiquiátrica o un acompañamiento psicológico de largo aliento. Esta propuesta si bien resulta útil, obvia un tipo de respuestas psicológicas y comportamentales que no caerían en el terreno de lo psicopatológico y que pudieran ser calificadas como “comunes” en la observancia de las conductas y los sentidos subjetivos formulados por los migrantes. Una dimensión básica de respuesta, que no llega a rayar en la psicopatología o el daño severo a la salud mental, es lo que quisiéramos resaltar bajo el nombre de reacciones psicológicas en la migración.

 

Naturalizando la reacciones psicológicas de los migrantes

La reacción la pudiéramos definir como una respuesta ante un hecho o circunstancia que se presenta a la persona. Sin significar propiamente patologías, las reacciones psicológicas en la migración significarían aquellas conductas y procesos emocionales esperados o “normales” en las circunstancias de vida en que se desarrolla la migración, reacciones que no deberían ser  calificadas con el apelativo de patológicas, desviadas u otros, sino comprendidas en su justa dimensión: provocadas por circunstancias externas y que resultan de probable o común aparecimiento en el actuar o sentir de la persona migrante. Una consideración de este tipo lleva a sustituir el término afectación por el de reacción: La persona no necesariamente está afectada, sino que reacciona ante los diversos estresores que se presentan de manera coyuntural o esporádica durante el proceso migratorio. Así, la tristeza, ansiedad, ira u otras emociones podrían ser calificadas como una reacción psicológica esperada en la migración, sin que llegue a implicar su aparición la existencia de cuadros graves o psicopatológicos. Esta propuesta la sustentamos en el hecho que si bien la migración constituye un proceso complejo y dinámico, con múltiples adversidades para los sujetos, también es impulsada por la esperanza y voluntad de los que migran, suponiendo la existencia de actitudes de afrontamiento y acciones adaptativas por partes de los sujetos, no implicando necesariamente su desarrollo el aparecimiento continuo de acontecimientos que redundarían en un trauma o daño severo.

Asimismo, apoyamos nuestras ideas en algunas  formulaciones que intentan matizar el análisis del daño psicológico intentando comprender las respuestas psicoafectivas de los sujetos desde la justa dimensión en que ocurren. Por ejemplo, criticando el concepto de estrés postraumático como trastorno y discutiendo la existencia de reacciones adaptativas a situaciones que encierran experiencias semejantes para quienes las viven, Fernández Lira señala: “… los síntomas que configuran el hipotético trastorno constituyen en buena medida defensas adaptativas ante situaciones y, en cualquier caso, se dan en un porcentaje alto de la población (son tan estadísticamente normales) que no parece que tenga sentido calificarlas de patológicas o trastornadas (Fernández-Lira, 2004; p.115). Esta reflexión resulta útil para nuestro objeto de estudio ya que la vivencia de la migración, desde la partida hasta el retorno supone para las personas vivencias más o menos comunes que generarían en los sujetos patrones de comportamiento que lejos de ser obligadamente indicadores de trastornos pueden constituir acciones “normales” de adaptación el entorno, los diferentes eventos y las circunstancias de vida.

Ante una trama relativamente estable que implica vulnerabilidad para las personas, no sería raro que los actores, los migrantes, mostraran un actuar similar en ella, sin que esto signifique la manifestación colectiva de algún síndrome o trastorno. Como señalara Frankl en su análisis de las reacciones compartidas y comunes manifestadas por los detenidos en un campo de concentración durante la Segunda guerra mundial, “… ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta  normal. La reacción de un hombre tras su internamiento en un campo de  concentración representa igualmente un estado de ánimo anormal, pero juzgada objetivamente es normal […] una reacción típica dadas las circunstancias…” (Frankl, 1996: p.29). En suma, el llamado duelo migratorio o la ansiedad constante, por ejemplo, dado que se manifiestan y son observadas de manera reiterada, antes que síntomas de un trastorno específico de la migración–como postula el Síndrome de Ulises– constituirán reacciones normalizadas en el contexto de la migración.

Los indicadores de las reacciones psicológicas lo constituyen los patrones conductuales, la diversa emocionalidad susceptible de activarse, los pensamientos recurrentes y sentidos subjetivos, en tanto valoraciones hechas por las personas respecto a su realidad. Respuestas fisiológicas que aparecerían en clave de somatización constituyen también reacciones psicológicas en la migración.

Qué detonaría o provocaría estas respuestas. Obligado es referir la presencia de estresores o elementos detonantes que propician el aparecimiento de la reacción psicológica. En la psicología de la emociones se menciona la existencia de situaciones externas que provocan una activación emocional que conlleva el aparecimiento de valoraciones subjetivas con base en experiencias previas, la manifestación de expresión corporal o respuestas fisiológicas y el afrontamiento o tendencia a la acción (Fernández Abascal, 2004: p.13).

Dado que el proceso migratorio mostraría la presencia de distintos momentos –partida de la comunidad de origen, viaje, residencia en sociedad de destino y deportación o regreso forzoso– podría inferirse que en cada una de estas etapas ocurrirían experiencias particulares que pueden generar estrés o ante las cuales las personas reaccionan. Así, podríamos hablar de una vinculación entre momentos, experiencias de la migración y estresores específicos como factores configuradores de la respuesta comportamental y subjetiva de las personas: La forma en que se realizan las migraciones, la forma de vida en el sitio al que la persona arriba y las acciones a través de las cuales es retornado a su país de origen  involucrarían factores con potencial de provocar las reacciones psicológicas y, en casos extremos provocar algún daño a la salud mental del migrante.

 

Bibliografía

Amnistía Internacional (2010), Víctimas invisibles: migrantes en movimiento en México.

Achotegui, Joseba (2009). “Migrar en condiciones extremas: El síndrome de Ulises”, Revista Norte de salud mental No. 21, 2004, págs 39-52.

–––––––––––––––– (2004), “Migración y salud mental. El síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple (síndrome de Ulíses)”, Zerbitzuan, págs. 163-169, diciembre de 2009.

Bar de Jones, Graciela (2001), “La migración como quiebre vital”, En red: http://www.bazenbehin.net/kulturartean/pictures/cajaherramientas/la_migr...

cndh- Comisión Nacional de Derechos Humanos (2011), México.

Frankl, Victor (1996), El hombre en busca de sentido, décimo octava edición, Editorial Herder, Barcelona.

Fernández Abascal, Enrique y Francesc Palmero (2004), “Emociones y Salud”, Capítulo 1, Fernandez Abascal, Enrique y Francesc Palmero (coordinadores) Emociones y Salud, Editorial Ariel Psicología, Madrid.

Fernández Lira, Alberto, Beatriz Rodríguez y María Diéguez (2004), Intervenciones sobre duelo, Escosura Producción, Madrid

Human Rights Watch (2009), “Detained and Dismissed: Women´s struggles to obtain health care in United

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Martín-Baró, Ignacio (2000), Capítulo 1, “Guerra y salud mental” en Psicología social de la guerra, UCA  Editores, El Salvador.

Rivera Maria Elena, Nidia Obregrón y Ericka Cervantes (2009), “Recursos psicológicos y salud: intervención en familias de migrantes” en: Lira, J. Aportaciones de la psicología a la salud, Faculta de Psicología de la Universidad

Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México.

Vilar Eugenia y Catalina Eibenschutz (2007), Migración y salud mental: un problema emergente de salud pública”.

En: Revista Gerencia y políticas de salud, Universidad Javeriana, Bogotá.

 

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[1] Psicóloga y maestra en ciencias sociales por la FLACSO-Guatemala. Docenteinvestigadora de la FLACSO Guatemala, profesora interina de la Escuela de Psicología de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

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